viernes, 15 de junio de 2012
Carmela Smith
A mi abuela la internaron un viernes, un viernes como el que nací yo. Patti nació un lunes, y era domingo cuando me encontré en esa gélida sala de espera. Éramos muchas personas, pero el silencio marcaba la cadencia de los movimientos. Pulcro, denso, cáustico. Robert y Patti apenas si se conocían y vivían en Brooklyn, en su propia miseria no menos densa. Unas horas más tarde, la sala era invadida por una dinámica de tertulia. Se acerca la hora de la visita. Cuello, familiares de Cuello. Intuyo que en ese momento, todos compartimos una extraña conciencia de muerte, aunque todos por igual le escapamos en prosa. Patti es mi cristal para verlo todo con otra óptica, y cada milímetro de percepción está colonizado por su narrativa. Cuello, algún familiar de Cuello. Mi familia se reitera y se choca entre palabras como "grave", "terapia" y "plaquetas". Leucemia. Yo me refugio en una porción delimitada del suelo, y dialogo con ella clavándole la vista. Golpeteo mi zapatilla ennegrecida. No sé bien de qué color es el piso. Ni de qué están hablando. Patti es feliz porque es libre, y a mí hay algo que no me deja ponerme triste. En cada página todo es más claro, más tangible, más visible. Me siento en paz. Es que siento que de alguna forma ya me adelanté a las dos semanas que faltaban. Llegan los Cuello. Salgo de ese lugar porque el aire se volvió pegajoso e indigerible, y porque no soporto ver a un viejito llorando. Patti llora porque Robert está con otro. Yo lloro al día siguiente porque el panorama es repentinamente desolador. Oscilo entre estados de ánimo insostenibles e incoherentes, y dejo voluntariamente medio litro de sangre en una bolsa del hospital. Mi meñique derecho se vuelve púrpura. Patti planea un escape a París, yo planeo acelerar a Steven Campbell hasta tu casa. La epistemología me vuelve crecientemente irritante. Me aíslo y no veo el sol por algunos días. Una noche me despierto con la certeza de la fuente de mi debilidad es el alejamiento de vos y de Patti, que por alguna extraña analogía diacrónica, funcionan en simultáneo como esclarecedoras y sanadoras. Alrededor sube la temperatura del infierno, y estalla primero un martes, y finalmente un miércoles. Me voy a despedir de mi abuela, y no concibo los finales. El libro va por la mitad. Somatizo como de costumbre. La garganta se contrae hasta tener el diámetro de lo que se siente como apenas un sorbete. No hay aire en ningún lado. Salgo al pasillo y me abrazo al libro. Quiero leer, pero en cambio escribo. Me abrazo al libro. Eran unos niños. Mi abuela es lo contrario. Y yo me siento gigante, inabarcable. Me vuelve la paz. La Paz Caino. Nada me perturba, sé que mi abuela sabe que la amo, aunque nunca se lo dije. Mi mamá escupe palabras y emociones, pero yo no reacciono. Es que fui alimentando mis propios infiernos en estos años, y ese calor quema pero también me ampara. Hay todo un frío que funciona como defensa, y me doy cuenta recién ahora. Se abre la luz como si se abrieran las puertas de Max's en pleno día: tengo que conseguir mi propia habitación en el Chelsea, y el resto, el resto es historia.
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gotas de llovizna