jueves, 29 de enero de 2009

... la misma lluvia













L: Vos crees en el destino?
J: Es creer o reventar, no?



miércoles, 28 de enero de 2009

El mismo amor...

La suya era una historia de amor de esas con poca suerte. En realidad, él era quien había tenido la mala fortuna (o no) de caer en aquel enamoramiento profundo. Lo suyo era algo novelesco (pero de novela de la tarde); platónico si se quiere. Una persecución perpetua que nunca llegaba a la concreción de aquel anhelo. Si le preguntan, él recuerda como si fuera hoy ese día en que la vio por primera vez, a pesar de que entonces era apenas un niño. La verdad es que sería casi imposible precisar el día en que se cruzaron por primera vez, como con cualquier par, pero él jamás olvidará el día en que posó sus ojos en ella y anonadado por su perfecta y armoniosa belleza preguntó su nombre, y se lo dijeron y desde entonces ningún otro nombre resonó tan fuerte en su cabeza. Así lo relata él muy animadamente a sus compañeros, aunque quienes lo conocemos sabemos que en esa sonrisa se esconde una inapelable melancolía. Pasó un tiempo desde ese primer y fulminante encuentro. Después vinieron muchos, muchos más a través de los años. Él nunca se animó a confesar aquella relación a nadie, por miedo a que lo acusaran de loco. Pero no podía negarlo, había algo tan fascinante en ella que no le importaba estar perdiendo la cordura. Así se fueron viendo de vez en cuando. Él desde el primer momento comprendió que ella jamás le pertenecería enteramente. No hubo necesidad de explicarlo, el entendió que ella era un poco de todos, una dama de compañía de los solitarios y los abandonados (como él). O de cualquiera que se detuviera a observarla y comprendiera realmente su belleza, cualquiera que aceptara tomarse un café alguna noche o tarde si es que andaba solo. Para los demás pasaba desapercibida, y él simplemente no podía asimilar que viviera rodeado de tantos pobres ciegos. No le importó tener que compartirla. No le importó tener que esperarla a cuando ella se le antojara aparecer. Cada encuentro, por mas repentino o breve era único y mágico a sus ojos. A veces la veía cuando estaba con otros, y la observaba a través de los vidrios embelezado, queriendo correr a abrazarla. A veces ella era fría y distante, pero para él seguía siendo lo más maravilloso de su vida. Fue envejeciendo, estancado felizmente en ese peligroso amor. Fue perdiendo el pelo y sin duda el encanto de aquel joven muchachito que una vez se había enamorado. Ella estaba siempre igual, era siempre la misma que él había visto aquella tarde. Él tenía un buen trabajo y vivía muy digna y cómodamente. Amaba su ciudad, pero más la amaba cuando ella lo venía a visitar e inundaba cada rincón de asfalto con su magia. Hubo años muy duros, en los que se vieron sólo 3 o 4 veces. Él solía caer en una depresión profunda, para preocupación de sus amigos y familiares que nunca habían comprendido (sino hasta años después) el motivo de sus angustias estacionales. Así llegó aquel año nefasto: llevaba 6 meses, 1 semana y 3 días sin verla. Hacía un tiempo que no se presentaba al trabajo y permanecía encerrado en su casa, mirando por la ventana, esperando verla aparecer de pronto. Perdiendo día a día la cabeza, una noche lo encontraron arrodillado en el medio de la calle gritando al cielo “¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Vení! Vení!” y tras diagnosticarlo como delirante lo derivaron a la clínica psiquiátrica de la ciudad. Su familia aceptó aquel hecho con un poco de dolor, pero también con algo de culpa por no haberse percatado nunca antes de su locura, a pesar de las reiteradas sospechas. Ya un poco más calmado en la clínica, él andaba por ahí diciendo que los médicos mentían, que él no deliraba, que él estaba loco, sí, pero loco de amor, y que sabía que sería cuestión de tiempo para que ella lo vaya a visitar. Y así fue, el primer encuentro fue algo conmovedor al punto de que él lloró durante todo lo que duró la visita. Se veían casi tan seguido como cuando él estaba afuera. A veces más, a veces menos. Todos sabían que cuando ella venía, él estaría ahí pegado al cristal del patio o de su habitación viéndola llegar, no importaba la hora. No le importaba haberlo perdido todo, él era feliz relatándoles a los demás internos la historia de aquel amor. Lo contaba muy animadamente, orgulloso de todo lo que había soportado por ella. Siempre le gustaba terminar diciendo que esa historia no tenía final, porque él siempre la amaría, que no le importaba que lo creyeran loco por amarla a ella, la lluvia.

lunes, 19 de enero de 2009

Habitantes

Alguien golpea la puerta. No era la primera vez que alguien se pasaba por allí, pero la presencia de otra gente no le era para nada usual.
Un muchacho que parecía simpático esperaba del otro lado con una sonrisa.

- ¿Si? – preguntó ella al verlo.
- Hola… - dijo un poco dubitativo al verla con su expresión despectiva e interrogante. - ¿Hay algún lugar para mí acá?
- Si querés pasar un par de días podés entrar… - respondió ella con el mismo desgano de quien está cansado de repetir una misma situación.
- No, no, yo vengo a quedarme – replicó el muchacho sin perder la inocencia y la simpatía.
- ¿Qué? Pero no querido… acá no entramos dos! – contestó ya un poco molesta por el atrevimiento de aquel joven.
- Es que… la chica de abajo me dijo que subiera, y me pidió que le dijera que ya es hora de que se vaya… que ella no quiere que esté más acá – retrucó él tímidamente.
- Pero sabés el tiempo que hace que estoy yo acá? Esa ya perdió el control sobre mí, por más que quiera ya hace años que vivo acá… no me va a poder sacar así porque sí, ya lo intentó y no pudo, creeme… – explicó refunfuñando.
- Sí, sí… comprendo. Ella me habló de su situación y…
- ¿De verdad? – lo interrumpió sorprendida.
- ¿Qué? – dijo él, atajándose ante la violencia de la pregunta.
- ¿Te hablo de mí? – volvió a preguntar. De pronto su expresión se volvió insegura.
- Sí, sí… me dijo que me lo tenía que decir, así yo podía comprender lo importante que era que la convenciera de que se fuera – prosiguió él.
Ella permaneció en silencio. Su firmeza se derrumbó de pronto, el temor se propagó por su rostro como un incendio.
- No solía contarle a nadie que yo estaba acá… - dijo como desde otro lugar que no era su cuerpo.
- Le decía que ella me comentó de la situación… y me dijo que le pidiera disculpas pero que ya no podía tenerla más aquí. Que ella había intentado echarla por todos los medios pero que usted se resistía y…
- Hace meses que me está intentando echar… - dijo ella alejándose de la puerta con la mirada perdida.
Entró en la habitación casi sin darse cuenta y se sentó en el sillón, incrédula de aquella situación. El muchacho entró dubitativo después de ella y cerró la puerta detrás de él, un poco preocupado por el aspecto de aquella muchacha.

- Ya me mandó algunos perejiles a ver si podían sacarme… incluso alguna que otra chica - prosiguió volviendo un poco en sí – Pero, pero se terminan yendo, yo ya tengo… ¿cómo decirte? Como un derecho de propiedad – concluyó, como intentando sacar un pensamiento indeseado de su cabeza.
- Comprendo – repitió él – pero al fin y al cabo, piense que depende de ella y solo de ella que nosotros estemos o no acá… y yo esta vez la veo bastante decidida y firme en sacarla a usted y darme un lugar a mí.
- Dejá de tratarme de usted, querés?! – hizo una pausa - Ella nunca tuvo la voluntad suficiente para sacarme! Primero me instaló acá… y me dejó quedarme. Al principio lo dudó un poco pero después hasta le gustaba que estuviera acá. Pero ahora no sé… se ve que se cansó o algo. Yo creí que nunca iba a pasar de verdad… quiero decir… fueron tantos años que… - dijo casi a los gritos en una mezcla de enojo, indignación y resignación.
- No se pong.. no te pongas así…pensá que esto es lo mejor para ella, es su voluntad – intentó calmarla él.
- Que desagradecida! Tanto daño le hice? Tantas molestias le ocasioné? Ya va a ver!
Yo ahora me voy, me voy… porque al fin y al cabo no me queda otra… si ella lo tiene decidido no me queda otra… pero es una ingenua si cree que no voy a volver nunca más! Cuando menos se lo espere y menos quiera voy a volver! Ella sabe que nunca va a poder sacarme de raíz! – se quejó mientras juntaba sus pertenencias.
- Vuelva cuando quiera – la desafió él con un tono mucho más firme. -
Pero ahora váyase de una vez por todas que en esta cabeza hay lugar para una sola persona. Y esa dejó de ser usted.