miércoles, 28 de enero de 2009
El mismo amor...
La suya era una historia de amor de esas con poca suerte. En realidad, él era quien había tenido la mala fortuna (o no) de caer en aquel enamoramiento profundo. Lo suyo era algo novelesco (pero de novela de la tarde); platónico si se quiere. Una persecución perpetua que nunca llegaba a la concreción de aquel anhelo. Si le preguntan, él recuerda como si fuera hoy ese día en que la vio por primera vez, a pesar de que entonces era apenas un niño. La verdad es que sería casi imposible precisar el día en que se cruzaron por primera vez, como con cualquier par, pero él jamás olvidará el día en que posó sus ojos en ella y anonadado por su perfecta y armoniosa belleza preguntó su nombre, y se lo dijeron y desde entonces ningún otro nombre resonó tan fuerte en su cabeza. Así lo relata él muy animadamente a sus compañeros, aunque quienes lo conocemos sabemos que en esa sonrisa se esconde una inapelable melancolía. Pasó un tiempo desde ese primer y fulminante encuentro. Después vinieron muchos, muchos más a través de los años. Él nunca se animó a confesar aquella relación a nadie, por miedo a que lo acusaran de loco. Pero no podía negarlo, había algo tan fascinante en ella que no le importaba estar perdiendo la cordura. Así se fueron viendo de vez en cuando. Él desde el primer momento comprendió que ella jamás le pertenecería enteramente. No hubo necesidad de explicarlo, el entendió que ella era un poco de todos, una dama de compañía de los solitarios y los abandonados (como él). O de cualquiera que se detuviera a observarla y comprendiera realmente su belleza, cualquiera que aceptara tomarse un café alguna noche o tarde si es que andaba solo. Para los demás pasaba desapercibida, y él simplemente no podía asimilar que viviera rodeado de tantos pobres ciegos. No le importó tener que compartirla. No le importó tener que esperarla a cuando ella se le antojara aparecer. Cada encuentro, por mas repentino o breve era único y mágico a sus ojos. A veces la veía cuando estaba con otros, y la observaba a través de los vidrios embelezado, queriendo correr a abrazarla. A veces ella era fría y distante, pero para él seguía siendo lo más maravilloso de su vida. Fue envejeciendo, estancado felizmente en ese peligroso amor. Fue perdiendo el pelo y sin duda el encanto de aquel joven muchachito que una vez se había enamorado. Ella estaba siempre igual, era siempre la misma que él había visto aquella tarde. Él tenía un buen trabajo y vivía muy digna y cómodamente. Amaba su ciudad, pero más la amaba cuando ella lo venía a visitar e inundaba cada rincón de asfalto con su magia. Hubo años muy duros, en los que se vieron sólo 3 o 4 veces. Él solía caer en una depresión profunda, para preocupación de sus amigos y familiares que nunca habían comprendido (sino hasta años después) el motivo de sus angustias estacionales. Así llegó aquel año nefasto: llevaba 6 meses, 1 semana y 3 días sin verla. Hacía un tiempo que no se presentaba al trabajo y permanecía encerrado en su casa, mirando por la ventana, esperando verla aparecer de pronto. Perdiendo día a día la cabeza, una noche lo encontraron arrodillado en el medio de la calle gritando al cielo “¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Vení! Vení!” y tras diagnosticarlo como delirante lo derivaron a la clínica psiquiátrica de la ciudad. Su familia aceptó aquel hecho con un poco de dolor, pero también con algo de culpa por no haberse percatado nunca antes de su locura, a pesar de las reiteradas sospechas. Ya un poco más calmado en la clínica, él andaba por ahí diciendo que los médicos mentían, que él no deliraba, que él estaba loco, sí, pero loco de amor, y que sabía que sería cuestión de tiempo para que ella lo vaya a visitar. Y así fue, el primer encuentro fue algo conmovedor al punto de que él lloró durante todo lo que duró la visita. Se veían casi tan seguido como cuando él estaba afuera. A veces más, a veces menos. Todos sabían que cuando ella venía, él estaría ahí pegado al cristal del patio o de su habitación viéndola llegar, no importaba la hora. No le importaba haberlo perdido todo, él era feliz relatándoles a los demás internos la historia de aquel amor. Lo contaba muy animadamente, orgulloso de todo lo que había soportado por ella. Siempre le gustaba terminar diciendo que esa historia no tenía final, porque él siempre la amaría, que no le importaba que lo creyeran loco por amarla a ella, la lluvia.
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gotas de llovizna