domingo, 4 de septiembre de 2011

cosas ajenas


La vio y como reacción inmediata quiso esquivarla. Sabía que ella iba estar ahí, sabía que iba a tener que esquivarla, y así lo hizo mientras le convidaban vino y fumaba cigarrillos. Se cruzaron de frente o alguna buscó a la otra en un irremediable impulso producto casi seguro de alguna de las sustancias consumidas y para entonces ninguna de las dos tenía buen equilibro ni ejercía completo control sobre sus palabras ni sus acciones. Se pidieron perdón o algo así haciendo malabares entre una muchedumbre excitada y la música que sonaba tan fuerte. Salieron del lugar en casi un sólo movimiento, siendo casi una sola persona que avanzaba entre la gente. No se despidieron de todas sus amigas que las miraron entre severas y resignadas. Se subieron al primer taxi que encontraron vacío y ella nunca besaba a nadie y menos a una mujer en un taxi, pero la otra tenía el pelo suelto y se había puesto esa remera que le quedaba tan bien que al primer cruce de miradas fue directo a su labio inferior y se besaron tanto como pudieron hasta que el taxi se detuvo. Alguna pagó, se bajaron y cruzaron la calle, una luz blanca iluminaba la cuadra, la entrada al edificio, la otra entrecerró los ojos. Ella no encontró rápido la llave y tuvieron miedo de que ese o cualquier contratiempo hiciera entrar a alguna en razón y se perdiera el impulso que ya las empujaba nueve pisos en ascensor. En el ascensor también se besaron. Apenas podían concebir lo que las rodeaba. La percepción de las cosas y las paredes y los espejos distorsionada por el efecto acumulativo del alcohol y el humo y otras cosas que les corrían por las venas a esa altura de la noche. Muchas cosas daban vueltas menos el cuerpo y sobre todo los labios de la otra. Se tocaron el pelo, se sintieron cerca de nuevo. Se abrió la puerta. Llegaron a la habitación de forma automática. Ella se cambió de ropa, la otra la miró apoyada en la pared, ella tanteó la cama de abajo, la sacó de un tirón, se miraron, la otra la besó, cayeron en la cama, en la de ella, de a poco se acomodaron, se besaron más despacio, en algún momento la luz se había apagado y a las dos le gustaba esa oscuridad más que ninguna otra, se recorrieron enteras con las manos y con los ojos, se sacaron algo de ropa, se tocaron, se dieron placer, nunca supieron si estaban teniendo sexo, pero hicieron lo que les daba gana hacer, tuvieron calor, desordenaron sábanas y nadie se quejó, prendieron el ventilador, dejaron pasar el tiempo entre besos en el cuello y una euforia indetenible. No hablaron mucho, pero cuando lo hicieron se fueron de boca, se dijeron cada cosa que la otra sólo podía responder lanzándose con fuerza contra sus labios, en un intento de sellar las palabras para que no se escaparan. Se quedaron dormidas. Ella se despertó con la luz que entraba por la persiana que no había terminado de cerrar, con los pelos rubios de la otra bajo su brazo y una puntada certera en la base del cráneo. Parpadeó varias veces, reconoció la luz punzante del mediodía y no el liviano resplandor de la mañana. La vio a la otra desparramada a su lado y más allá el colchón de abajo de inútil existencia y cosas tiradas por el piso. Se acomodó en la cama buscando la comodidad que no tenía y la sintió a la otra despertarse. Tardó en darse vuelta a mirarla. Intercambiaron primeros planos y se vieron recién levantadas, se dijeron algo que las hizo reir y sonreir y volver a mirarse más fijo, y entonces no les importó la resaca, ni que habían dejado la puerta abierta, ni lo que se habían dicho o no en los últimos 7 días. Ninguna supo qué hora, ni qué día, ni qué mes era, ninguna supo si realmente había empezado otro año o se había alterado el tiempo esa noche. No se arrepintieron y se besaron. Una vez más.

(del 06/01/2010)

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