lunes, 21 de noviembre de 2011

ese finde que me fui a San Juan

A lo mejor ahora que descarté las incertidumbres más urgentes pueda estudiar, o a lo mejor te piense un poco desde estos tres días, sonriendo siempre.
Hay un montón de cosas que claramente no sabemos ni pueden saberse con tanta seguridad premeditada, no. Menos cuando a fuera llueve tanto y adentro yo hablo más de lo que debería, como siempre. Por ahora lo que tengo en claro es todo lo que te quiero.

No es tan grande, no es tan grave, no en el mal sentido, pero sí es enormemente lindo, y de eso está bueno y me animo a hablar. Sin querer escribimos una película que cambió de título, una peli re linda y re peli. La escribimos con escritura de cangrejo, sabiendo el final, y por eso capaz nos salió tan bien. Capaz que el título nuevo garpe menos y no se entienda y hagan un bolonqui terrible con las traducciones, pero nuestra peli es claramente una peli de I-Sat así que no nos importa. Igual ojo, es una peli de I-Sat, pero de esas que te dejan pensando y a la vez con una linda sensación. Nada de limes existenciales, esta tiene final feliz. Es una peli que me compraría en dvd para sonreir cada vez que la veo y que no invitaría a nadie a ver. La tendría en mi estante para que me haga un poco bien cuando me caigo. Al fin y al cabo, de eso se trata la peli, de hacer(nos)me bien.

Una amiga me quiere hacer creer que construímos nuestros propios Puentes de Madison y me expone la teoría. Le digo que puede ser, pero que no, porque nadie llora en el final de nuestra peli. Aunque sí llueve un poco. Nadie se arrepiente.

Treinta y cuatro horas de música y ocho litros de alta birra que se nos fueron concientemente de las manos. De pronto alguien apretó el botón de loop y se repitieron canciones y besos hasta que un lunes fue lunes y tu avión despegó (media hora antes de lo previsto) a Francia, una Francia acá nomás a la vuelta, pero lo suficientemente lejos. En el medio del loop, vueltas en auto, mates en la cocina, cuerpos apilados en el sillón, saltos de alarma, teorías propias y ajenas. Bocha de risas. El pronóstico dice que para el martes a la tarde el veranito se termina definitivamente, y hay que volver a abrigarse. Honestamente no me importa ponerme un buzo si es para abrigar el recuerdo y que no se desgaste con el fresco.

Sí, hay mil cosas que no sabemos. Mil cosas. Mensajes. Hay otro montón de cosas que me dan un poco de miedo, otras tantas que se me van revelando cual epifanías mientras leo sobre pragmática. Ninguna de las cosas que no sé me importan demasiado, realmente.

Mi certeza son tres días de verano en medio de un invierno gélido, traducido en un montón de cariño en medio de una sequía violenta. Tres días al resguardo eterno de la forrez del tiempo, de la mirada de cualquier otro. Tres días hablados en nuestro propio lenguaje, con nuestros propios códigos (en la peli se habla un idioma que sólo vos y yo entendemos). Ni que te digo nuestro propio soundtrack. Tan nuestro (aunque por un rato) todo que asusta. Nos auspicia una marca de galletitas, como casi única fuente de sustento. Tres días. Ya está. Nada más, (ante la duda, todo). Y bueno, la vida... la vida sigue.

(Esta entrada está en borrador desde ayer al mediodía. Claramente la que se anima soy yo únicamente cuando amanece, mi estufa falla y Martín Buscaglia me hace el aguante)

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gotas de llovizna