domingo, 22 de enero de 2012

Esperando un mensaje

Sábados disfrazados de domingos,
que se travisten de sábado.
Tan bien que ni te das cuenta.
En una ciudad emigrada, que
escapó de su propia muerte por asfixia.
Es que en nuestra propia versión de las cosas,
el armageddon rosarino,
es por invasión masiva de calores insoportables.
Así no hay quien viva.
Camino por un parque asfaltado,
rígido, concreto y de concreto,
pensando que al mundo le sobran enfermedades,
y le falta gente como vos.
Que a mi barrio le sobran edificios,
y a mí me faltan almas gemelas.
Y que la gente se enamora todo el tiempo
de las personas equivocadas.
Por tener en común no más que un huso horario,
o una carrera universitaria,
que es lo mismo que nada.
La certeza, que se hace ansia
y alegría,
de sentir que todo todo todo lo mejor,
todavía está por llegar.
Bocha de vida.
Mezclada con la sospecha de que si uso más mi bici,
el mundo puede ser aún mejor.
Cagarse en las normas de los versos,
porque sí.
Escribir así,
porque sí.
Porque en la pila de vida que está apostada en la vereda de enfrente de mi casa,
y que desde este balcón no veo,
el tiempo no se usa para esas cosas.
No, se lee a Dolina, en cambio.
Se componen temas.
Hay un montón de besos entre toda esa vida.
Este sábado me echa a patadas de mi propio departamento
(que no es mío ni lo va a ser).
Me da ganas de bailar hasta cansarme.
Ganas de que todo este sudor se transforme en Campari,
Campari helado.
Y de que todo el verano me pase por una terraza,
dos guitarras,
más amigos,
perdidos en el corazón
de la grande babilón.

(De qué mierda me vengo quejando este tiempo, vaya uno a saber)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

gotas de llovizna