Cuando absolutamente todo está en su lugar, moverse un milímetro da un poco de vértigo. Pero me muevo, porque ya fue, el miedo lo perdí hace rato (ponele). Eso y me están llamando a hacerlo. Y resulta que caminar y manejar no está nada nada mal. Donde estoy la gente con plata y tarjetas de débito mira bailar a la gente pobre, que brilla en montones de colores y en redoblantes sonidos. La gente con plata y tres hijos rubios sonríe pero no brilla. Son opacos. Yo siento los ojos más grandes y me creo que de pronto no necesito los lentes que perdí, así puedo ver y veo todo mejor. Natalia 1, sonriente, sorprendida. Me hago amiga de las plantas porque estando así me encariño con cualquier cosa. Y "yo ya me encariñé con ellas". Vienen las nueve conmigo, una más verde y más erguida que la otra. Agrego a la agenda de la semana que viene: visitar un vivero. Natalia 2, demacrada, desesperanzada. Simpática. En el super compro los primeros dos Camparis propios de mi verano, y dos desodorantes que no huelan a pasado. Y repelente para mufa ajena, claro, si últimamente está más jodida que el calor. Me propongo en la vida ser lo más distinta posible a ella. Se hacen materia las palabras de mi amiga de sobre cómo limpié mis alrededores de gente tóxica. Todas las personas que ahora elijo son lindas personas. Y vos sos más linda que todos ellos juntos, obvio, lo cual hace todo más que accesorio.
Los días por venir se ordenan en recitales, besos y partidos de hockey. Suenan sintetizadores de 7 bandas distintas, y la noche se eleva hasta el punto exacto en el que puedo despegar en ella.
Que nadie diga "basta" porque ya pisé el acelerador y el rojo de mi sangre es 70% campari.
viernes, 3 de febrero de 2012
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gotas de llovizna