viernes, 3 de febrero de 2012

these things move in threes

Cuando absolutamente todo está en su lugar, moverse un milímetro da un poco de vértigo. Pero me muevo, porque ya fue, el miedo lo perdí hace rato (ponele). Eso y me están llamando a hacerlo. Y resulta que caminar y manejar no está nada nada mal. Donde estoy la gente con plata y tarjetas de débito mira bailar a la gente pobre, que brilla en montones de colores y en redoblantes sonidos. La gente con plata y tres hijos rubios sonríe pero no brilla. Son opacos. Yo siento los ojos más grandes y me creo que de pronto no necesito los lentes que perdí, así puedo ver y veo todo mejor. Natalia 1, sonriente, sorprendida. Me hago amiga de las plantas porque estando así me encariño con cualquier cosa. Y "yo ya me encariñé con ellas". Vienen las nueve conmigo, una más verde y más erguida que la otra. Agrego a la agenda de la semana que viene: visitar un vivero. Natalia 2, demacrada, desesperanzada. Simpática. En el super compro los primeros dos Camparis propios de mi verano, y dos desodorantes que no huelan a pasado. Y repelente para mufa ajena, claro, si últimamente está más jodida que el calor. Me propongo en la vida ser lo más distinta posible a ella. Se hacen materia las palabras de mi amiga de sobre cómo limpié mis alrededores de gente tóxica. Todas las personas que ahora elijo son lindas personas. Y vos sos más linda que todos ellos juntos, obvio, lo cual hace todo más que accesorio.
Los días por venir se ordenan en recitales, besos y partidos de hockey. Suenan sintetizadores de 7 bandas distintas, y la noche se eleva hasta el punto exacto en el que puedo despegar en ella.

Que nadie diga "basta" porque ya pisé el acelerador y el rojo de mi sangre es 70% campari.

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gotas de llovizna